Hilario

Basada en casos reales. En Villacastín, puede que en invierno y puede que por el año 1990.

De camino al trabajo, el barrendero me miraba fijamente a través de sus gruesas gafas hasta que lograba alcanzar el final de la calle. Recio, flaco, erguido y apoyado sobre su escoba de retama, no ejecutaba ningún movimiento que pudiera alterar su estado de concentración en mi travesía hasta el final de la calle.

El perro de la vecina, mientras tanto, seguía mis tobillos ladrando y amenazando con el mordisco que, aunque no llegó a materializarse nunca, sentía, o más bien presentía en todo el trayecto, como ensayando el seguro dolor que me producirían sus dientes pequeños y afilados.

Estas dos cosas la verdad es que me hacían empezar el día inquieto e inseguro. Sin saber si eran procesos disjuntos o estaban encadenados y sin el uno no empezaba el otro, o si los dos eran un todo.

¿Por qué me mira tan fijo el barrendero?, pregunté a mis amigos del pueblo. ¿Has probado a saludarle? Me respondieron con sensatez.

Al día siguiente, había preparado mi saludo para que no pareciera frío ni demasiado despreocupado, ni formal ni muy familiar, con naturalidad y con la complicidad de los madrugadores que empiezan juntos su jornada.

¡Buenos días Hilario!

¡Buenos días! Respondió. Y bajó la cabeza para aplicarse a su tarea con aire satisfecho.

La pequeña alegría por haber alterado el guión de las mañanas de los últimos días me duró poco pues el perro de la vecina ladró a mis tobillos tan concienzudamente como antes, demostrando que los dos acontecimientos no se encadenaban y que eran dos procesos desligados el uno del otro.

Al menos Hilario ya no me fulmina con la mirada, pensaba intentando ver el lado bueno de las cosas como dicen que hay que hacer ante la adversidad, cuando el perro decidió probar a morder el tobillo derecho que tanto había deseado, de lo que se seguía que pudiera ser que el segundo acontecimiento fuera consecuencia del primero, que la mirada fija del barrendero impidiera, de alguna manera, la mordedura del perro, que las cosas suceden predeterminadas con un orden inalterable, que pequeñas perturbaciones en un proceso no hacen más que aumentar la entropía del conjunto y por tanto producir más caos, que las buenas acciones no necesariamente conllevan recompensa. O quizá que los sucesos del día son aleatorios e indeterminados.

Todo eso me hizo pensar el perro. El hijoputa.

Villacastín
Villacastín
Villacastín
Jesús Mateos Montero